El Aztecazo
El día amenazaba lluvia. Todavía no terminaba de acostumbrarme al clima del Bajío, y lo que otrora sería un cálido, bochornoso y pegajoso día de verano bajo una lluvia matutina torrencial, era ahora un día fresco con ese ambiente perennemente seco, al menos para lo que yo acostumbraba. No es que fuera un cambio abrupto, puesto que había vivido un año en un clima aún más frío. No sólo eso me parecía ajeno. No había cumplido un mes en esta ciudad, y la nueva casa seguía siendo tan misteriosa y fascinante como el primer día que entré en ella.
En ese ambiente prístino y tan divergente se manifestarían prontamente aires de familiaridad. La lluvia de los días pasados había interrumpido momentáneamente el servicio eléctrico, molestia habitual para mí en estas épocas en donde quiera que haya residido jamás; y ese día jugaba la Selección: la perfecta síntesis del pasado y presente, novedad y hábito.
Los resultados pasados dentro de la eliminatoria rumbo al mundial Corea/Japón 2002 eran poco halagadores: una dolorosa y gélida derrota dos-cero contra los vecinos del Norte; un engañoso cuatro por cero contra los Reggae Boyz en el Azteca; y un insípido empate a uno contra los trinitarios en patio ajeno. Por sí mismos, estos marcadores no deberían ser tan preocupantes: total, podría ser peor. Pero ya Enrique El Ojitos Meza había dado muestras de su capacidad al frente del combinado tricolor, o más precisamente, de su falta de ella. La analogía del Titanic no le hacía justicia suficiente al Tri.
Aquel aciago 16 de Junio de 2001, el rival en turno era Costa Rica. México volvía a casa tras dos salidas de pesadilla. Parecía una oportunidad de enderezar el rumbo. Al menos ése era el sentimiento que permeaba en la mente de los aficionados y directivos más optimistas (léase: los pocos que no habían pedido todavía la cabeza de Meza), ya impacientes, intranquilos, ardidos (con sobrada razón) ante la secuencia inacabable de derrotas y humillaciones, en eliminatorias, Copa Confederaciones, amistosos y demás. Yo, el eterno optimista, el paladín ecuánime en tiempos de adversidad, creía todavía que el proyecto del Ojitos podía rescatarse; que México, había tocado fondo y el único camino era ahora hacia arriba.
La sensación de renovada esperanza se basaba fundamentalmente en la cuestión de la sede: el siempre imponente y majestuoso Estadio Azteca, Templo Mayor del futbol mexicano, símbolo del poderío y la supremacía de éste en la Confederación Norte, Centroamericana y del Caribe de Futbol. Los más formidables guerreros se habían doblegado uno a uno frente a la altura, la contaminación y el ambiente sin igual. Los tricolores habían salido airosos en todos y cada uno de sus compromisos oficiales jugados en el Coloso de Santa Úrsula. La sola existencia del enorme estadio siempre habían sido más que suficiente para aplastar el ánimo de cualquier extraño enemigo que osare pisar suelo patrio, y sin duda los alaridos de 105 mil aficionados calmarían los ánimos y ahuyentarían a los fantasmas de la eliminación. No importaba lo que pasara afuera, en el frío e inhóspito mundo exterior, éste siempre sería el último reducto del futbol mexicano, fortaleza inconquistable, y esa tarde no tendría por qué ser diferente. Los partidos cruciales eran los de visitante. La victoria se daba por sentado. El pesimista más acérrimo no puede jactarse de haber considerado la posibilidad de que México pudiera perder en el Estadio Azteca.
Armado con la casaca verde y esa fe inquebrantable, religiosamente sintonicé el juego, dispuesto para empezar exactamente a las 12:00 horas. El estadio a medio llenar daba muestra de la pérdida de confianza de los aficionados en la Selección, pero nunca se me ocurrió que la triste estampa fuera un heraldo maldito de desgracias por venir.
Debido al poco tiempo que llevaba viviendo en mi nuevo hogar, todavía no contaba con servicio de televisión de paga. No había terminado de ajustar la antena para recibir la mejor señal posible, cuando Abundis rompía el cero, a tiro de esquina de Víctor Ruiz. El júbilo no se hizo esperar, y un gran suspiro de alivio pareció recorrer el país entero. A escasos seis minutos de juego, los tres puntos se perfilaban en el horizonte. La unidad y el respaldo de los jugadores hacia el profesor Meza se hizo patente, en un forzado intento de mostrar que el barco aún podía llegar a buen puerto.
El resto del primer tiempo fue tan intrascendente que no guardo recuerdo alguno de él, salvo que fue un cúmulo de imprecisiones y la persistente incomodidad de que el uno por cero no bastaba y que un segundo tanto se iba volviendo gradualmente una necesidad inaplazable. La segunda mitad inició como terminó la primera: dominio pleno de los mexicanos, que no se veía coronado por el anhelado gol que sentenciara el juego.
Poco a poco, casi imperceptiblemente, el cuadro costarricense, dormido y a la defensiva durante casi todo el encuentro, empezó a adelantar filas, a hilvanar pases, a encarar a los verdes, aprovechando la falta de contundencia de éstos. El ingreso de Rolando Fonseca y William Sunsing revitalizó al cuadro tico. Serían ambos los que iniciarían la debacle de la Selección: falta sobre Sunsing en las afueras del área grande mexicana; una magistral ejecución de Fonseca, cuyo tiro describe una bonita curva sobre la barrera, imposible para Oswaldo Sánchez. Uno por uno, minuto 72.
Fue más que una cubetada de agua fría. El empate no era trágico, pero no le servía a nadie: a los jugadores, a directivos, y especialmente al Ojitos Meza. Pero lo peor era que otra vez estaba pasando. México no gustaba, no caminaba, no ganaba, como venía haciéndolo desde hacía tiempo. Y no sólo los espectadores lo sentíamos: los jugadores lo manifestaban. El inoperante y débilmente ordenado juego mexicano se descompuso rápidamente: la inseguridad, el miedo, se apoderaron de los seleccionados. Costa Rica vió claramente que si hubo alguna vez una oportunidad de matar al gigante justo en su castillo entre las nubes, el momento era ahora. Los embates costarricenses y el desorden reinante entre las filas mexicanas marcaron los últimos minutos del juego.
Lo que sucedió a continuación es, tanto por su propia naturaleza como por las circunstancias en que se dió, difícilmente descriptible, pero haré mi mejor esfuerzo: Hernán Medford, viejo conocido del futbol mexicano, entra de cambio a diez minutos del final en sustitución de Paulo Wanchope. Un disparo de media distancia aparentemente inofensivo de Fonseca encuentra a un Oswaldo desubicado quien no alcanza a rehacerse propiamente pero logra rechazar el disparo. El balón queda a la deriva. No se observa un solo defensa mexicano en los alrededores del área; desde que salió el cañonazo de los botines de Fonseca hasta que Oswaldo se lanzó hacia su derecha, descompuesto, ni uno solo. Calladamente, sagazmente, Medford entra como saeta hasta los confines del área chica, y con el impulso de tres millones de almas y de 60 años de historia, suelta un remate violento que se anida en las redes de un Oswaldo Sánchez incapaz de hacer más. De repente el Estadio Azteca parece morir y el corazón de millones de aficionados detenerse, al contemplar la imagen a un emocionado Medford que corre a celebrar con sus compañeros, igualmente eufóricos, sabedores de que estaban haciendo historia: México 1-2 Costa Rica, con cuatro minutos por jugar.
Los mexicanos reanudaron el juego y se lanzaron con todo al ataque. Heridos en su orgullo, pero también de muerte, embistieron y cargaron contra el área costarricense con todo, literalmente. No había pasado un minuto desde la reanudación del encuentro, y tampoco alcanzaba aún a comprender, a concebir, lo que estaba sucediendo ante mis ojos, cuando la imagen desapareció del televisor. Se había ido la luz. Esta vez reaccéono rápido y en un par de segundos inicié la busqueda frenética de un radio operado con baterías. La desesperación sólo era superada por la pesada bola de plomo que tenía en el estómago. En esos momentos de debilidad, es imposible no considerar aunque sea por un momento, que hay días en que todo el mundo conspira en tu contra, con la complacencia y complicidad del mismísimo Dios. En menos de un minuto logré hacerme de un aparato, y busqué estación por estación, deseando y añorando en mi interior que para cuando lograra dar con la tranmisión, México hubiera empatado ya.
No fue así, y si algo lograba transmitir la sensación que tenía y que probablemente se vivía en donde quiera que alguien estuviera presenciando el encuentro, eran los más desesperanzados que desesperados comentarios de los narradores, que relataban la igualmente desesperada lucha de los seleccionados mexicanos por evitar la humillación. Embate tras embate, balonazo tras balonazo, segundo tras segundo, se diluía la ilusión. El empate parecía parecía tan inevitable como imposible.
Silbatazo final. Silencio. Pesadez. Desilusión. El estupor fue roto únicamente por el unánime abucheo de los dioses del estadio. La lúgubre atmósfera que cubrió a todos y cada uno de los aficionados mexicanos pareció contrastar con los juglares televisivos que en su desánimo hacían eco involuntario de las atronadores voces de la historia que proclamaban: "¡Venid y contemplad! ¡El gigante ha caído vencido en su morada! ¡El rey ha muerto!". La leyenda inmemorial, de treinta y cinco años de antigüedad, había sido despedazada en veinte minutos. La mitológica invencibilidad se había terminado para siempre. Sí, podía ser peor; sí, se podía tocar fondo: México perdía en el Estadio Azteca.
Es probable que México no vuelva a perder jamás un partido en el Estadio Azteca, pero aún hoy me es imposible digerir esas palabras, y asimilar por completo lo que significó esa tarde, una de las más oscuras en la historia del futbol mexicano: el Aztecazo.
Blur - To The End
En ese ambiente prístino y tan divergente se manifestarían prontamente aires de familiaridad. La lluvia de los días pasados había interrumpido momentáneamente el servicio eléctrico, molestia habitual para mí en estas épocas en donde quiera que haya residido jamás; y ese día jugaba la Selección: la perfecta síntesis del pasado y presente, novedad y hábito.
Los resultados pasados dentro de la eliminatoria rumbo al mundial Corea/Japón 2002 eran poco halagadores: una dolorosa y gélida derrota dos-cero contra los vecinos del Norte; un engañoso cuatro por cero contra los Reggae Boyz en el Azteca; y un insípido empate a uno contra los trinitarios en patio ajeno. Por sí mismos, estos marcadores no deberían ser tan preocupantes: total, podría ser peor. Pero ya Enrique El Ojitos Meza había dado muestras de su capacidad al frente del combinado tricolor, o más precisamente, de su falta de ella. La analogía del Titanic no le hacía justicia suficiente al Tri.
Aquel aciago 16 de Junio de 2001, el rival en turno era Costa Rica. México volvía a casa tras dos salidas de pesadilla. Parecía una oportunidad de enderezar el rumbo. Al menos ése era el sentimiento que permeaba en la mente de los aficionados y directivos más optimistas (léase: los pocos que no habían pedido todavía la cabeza de Meza), ya impacientes, intranquilos, ardidos (con sobrada razón) ante la secuencia inacabable de derrotas y humillaciones, en eliminatorias, Copa Confederaciones, amistosos y demás. Yo, el eterno optimista, el paladín ecuánime en tiempos de adversidad, creía todavía que el proyecto del Ojitos podía rescatarse; que México, había tocado fondo y el único camino era ahora hacia arriba.
La sensación de renovada esperanza se basaba fundamentalmente en la cuestión de la sede: el siempre imponente y majestuoso Estadio Azteca, Templo Mayor del futbol mexicano, símbolo del poderío y la supremacía de éste en la Confederación Norte, Centroamericana y del Caribe de Futbol. Los más formidables guerreros se habían doblegado uno a uno frente a la altura, la contaminación y el ambiente sin igual. Los tricolores habían salido airosos en todos y cada uno de sus compromisos oficiales jugados en el Coloso de Santa Úrsula. La sola existencia del enorme estadio siempre habían sido más que suficiente para aplastar el ánimo de cualquier extraño enemigo que osare pisar suelo patrio, y sin duda los alaridos de 105 mil aficionados calmarían los ánimos y ahuyentarían a los fantasmas de la eliminación. No importaba lo que pasara afuera, en el frío e inhóspito mundo exterior, éste siempre sería el último reducto del futbol mexicano, fortaleza inconquistable, y esa tarde no tendría por qué ser diferente. Los partidos cruciales eran los de visitante. La victoria se daba por sentado. El pesimista más acérrimo no puede jactarse de haber considerado la posibilidad de que México pudiera perder en el Estadio Azteca.
Armado con la casaca verde y esa fe inquebrantable, religiosamente sintonicé el juego, dispuesto para empezar exactamente a las 12:00 horas. El estadio a medio llenar daba muestra de la pérdida de confianza de los aficionados en la Selección, pero nunca se me ocurrió que la triste estampa fuera un heraldo maldito de desgracias por venir.
Debido al poco tiempo que llevaba viviendo en mi nuevo hogar, todavía no contaba con servicio de televisión de paga. No había terminado de ajustar la antena para recibir la mejor señal posible, cuando Abundis rompía el cero, a tiro de esquina de Víctor Ruiz. El júbilo no se hizo esperar, y un gran suspiro de alivio pareció recorrer el país entero. A escasos seis minutos de juego, los tres puntos se perfilaban en el horizonte. La unidad y el respaldo de los jugadores hacia el profesor Meza se hizo patente, en un forzado intento de mostrar que el barco aún podía llegar a buen puerto.
El resto del primer tiempo fue tan intrascendente que no guardo recuerdo alguno de él, salvo que fue un cúmulo de imprecisiones y la persistente incomodidad de que el uno por cero no bastaba y que un segundo tanto se iba volviendo gradualmente una necesidad inaplazable. La segunda mitad inició como terminó la primera: dominio pleno de los mexicanos, que no se veía coronado por el anhelado gol que sentenciara el juego.
Poco a poco, casi imperceptiblemente, el cuadro costarricense, dormido y a la defensiva durante casi todo el encuentro, empezó a adelantar filas, a hilvanar pases, a encarar a los verdes, aprovechando la falta de contundencia de éstos. El ingreso de Rolando Fonseca y William Sunsing revitalizó al cuadro tico. Serían ambos los que iniciarían la debacle de la Selección: falta sobre Sunsing en las afueras del área grande mexicana; una magistral ejecución de Fonseca, cuyo tiro describe una bonita curva sobre la barrera, imposible para Oswaldo Sánchez. Uno por uno, minuto 72.
Fue más que una cubetada de agua fría. El empate no era trágico, pero no le servía a nadie: a los jugadores, a directivos, y especialmente al Ojitos Meza. Pero lo peor era que otra vez estaba pasando. México no gustaba, no caminaba, no ganaba, como venía haciéndolo desde hacía tiempo. Y no sólo los espectadores lo sentíamos: los jugadores lo manifestaban. El inoperante y débilmente ordenado juego mexicano se descompuso rápidamente: la inseguridad, el miedo, se apoderaron de los seleccionados. Costa Rica vió claramente que si hubo alguna vez una oportunidad de matar al gigante justo en su castillo entre las nubes, el momento era ahora. Los embates costarricenses y el desorden reinante entre las filas mexicanas marcaron los últimos minutos del juego.
Lo que sucedió a continuación es, tanto por su propia naturaleza como por las circunstancias en que se dió, difícilmente descriptible, pero haré mi mejor esfuerzo: Hernán Medford, viejo conocido del futbol mexicano, entra de cambio a diez minutos del final en sustitución de Paulo Wanchope. Un disparo de media distancia aparentemente inofensivo de Fonseca encuentra a un Oswaldo desubicado quien no alcanza a rehacerse propiamente pero logra rechazar el disparo. El balón queda a la deriva. No se observa un solo defensa mexicano en los alrededores del área; desde que salió el cañonazo de los botines de Fonseca hasta que Oswaldo se lanzó hacia su derecha, descompuesto, ni uno solo. Calladamente, sagazmente, Medford entra como saeta hasta los confines del área chica, y con el impulso de tres millones de almas y de 60 años de historia, suelta un remate violento que se anida en las redes de un Oswaldo Sánchez incapaz de hacer más. De repente el Estadio Azteca parece morir y el corazón de millones de aficionados detenerse, al contemplar la imagen a un emocionado Medford que corre a celebrar con sus compañeros, igualmente eufóricos, sabedores de que estaban haciendo historia: México 1-2 Costa Rica, con cuatro minutos por jugar.
Los mexicanos reanudaron el juego y se lanzaron con todo al ataque. Heridos en su orgullo, pero también de muerte, embistieron y cargaron contra el área costarricense con todo, literalmente. No había pasado un minuto desde la reanudación del encuentro, y tampoco alcanzaba aún a comprender, a concebir, lo que estaba sucediendo ante mis ojos, cuando la imagen desapareció del televisor. Se había ido la luz. Esta vez reaccéono rápido y en un par de segundos inicié la busqueda frenética de un radio operado con baterías. La desesperación sólo era superada por la pesada bola de plomo que tenía en el estómago. En esos momentos de debilidad, es imposible no considerar aunque sea por un momento, que hay días en que todo el mundo conspira en tu contra, con la complacencia y complicidad del mismísimo Dios. En menos de un minuto logré hacerme de un aparato, y busqué estación por estación, deseando y añorando en mi interior que para cuando lograra dar con la tranmisión, México hubiera empatado ya.
No fue así, y si algo lograba transmitir la sensación que tenía y que probablemente se vivía en donde quiera que alguien estuviera presenciando el encuentro, eran los más desesperanzados que desesperados comentarios de los narradores, que relataban la igualmente desesperada lucha de los seleccionados mexicanos por evitar la humillación. Embate tras embate, balonazo tras balonazo, segundo tras segundo, se diluía la ilusión. El empate parecía parecía tan inevitable como imposible.
Silbatazo final. Silencio. Pesadez. Desilusión. El estupor fue roto únicamente por el unánime abucheo de los dioses del estadio. La lúgubre atmósfera que cubrió a todos y cada uno de los aficionados mexicanos pareció contrastar con los juglares televisivos que en su desánimo hacían eco involuntario de las atronadores voces de la historia que proclamaban: "¡Venid y contemplad! ¡El gigante ha caído vencido en su morada! ¡El rey ha muerto!". La leyenda inmemorial, de treinta y cinco años de antigüedad, había sido despedazada en veinte minutos. La mitológica invencibilidad se había terminado para siempre. Sí, podía ser peor; sí, se podía tocar fondo: México perdía en el Estadio Azteca.
Es probable que México no vuelva a perder jamás un partido en el Estadio Azteca, pero aún hoy me es imposible digerir esas palabras, y asimilar por completo lo que significó esa tarde, una de las más oscuras en la historia del futbol mexicano: el Aztecazo.
Blur - To The End


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