viernes, septiembre 02, 2005

Así inició el camino

Oficialmente, mi camino rumbo a la Copa del Mundo inició el 31 de Mayo de este año, cuando entré a trabajar con el propósito único y expreso de conseguir dinero para la odisea. Sin embargo, para mí el Mundial realmente comenzó un par de meses antes.

Sábado 26 de Marzo de 2005. Sentado al pie de la estatua de la Virgen, me siento más seguro. Soy creyente: creo en que algún malandrín que ande por ahí no se atreverá a tocar mis cosas mientras me ubique bajo la imagen, so pena de ser condenado a visitar al lúgubre tirano de los infiernos. La típica paranoia provinciana se apodera una vez más de mí, a pesar de haber visitado la capital recientemente. Sé que es poco probable que suceda algo, y que la sensación desaparecerá pronto, pero también eso poco hace por acallar la desesperación que se apodera de mí. Mi anfitrión no llega sino hasta media hora y una infructousa llamada después. Mientras abandonamos la Central Norte, insisto en que nos hagamos de los boletos lo antes posible. El lleno me parece inevitable. Así, descendemos por las escaleras que conducen a la estación del Metro Taxqueña, camino al estadio.

La explanada del Estadio Azteca me parece tan majestuosa como la primera vez que la vi, y ni hablar de la propia estampa del magnífico coloso. Hay gente en las taquillas, pero confío en que habrá boletos disponibles. Mientras hacemos fila, los revendedores, cínicos como nunca había visto yo, ofrecen entradas de todas las categorías y precios imaginables. Ignoro su insistente pregón, mientras ellos, fotos del estadio en mano y toda la cosa, ofrecen descaradamente su mercancía entre las filas de las propias taquillas. Es imposible no pensar que todos están coludidos. Dos boletos Especial Alto: $400; viaje redondo al DF, con descuento: $162; México-Estados Unidos, eliminatoria rumbo a Alemania 2006, en el Azteca: realmente no tiene precio.

(La FIFA considera las eliminatorias parte de la Copa del Mundo. Oficialmente, los partidos clasificatorios forman parte de la competición preliminar de la misma. El Mundial en sí es la la competición final de la Copa Mundial. Fin de la aclaratoria y la cápsula cultural.)

Domingo 27. Llegamos cuarenta y cinco minutos antes del saque inicial, lo que prueba ser insuficiente: una larga marea verde cubre la antes semivacía explanada, y más allá. Las filas para ingresar son indistinguibles y están abarrotadas; tras unos veinte minutos, logramos pasar el difícil trance, sólo para tener que volver a formarse, y después, tener que superar el último escollo: encontrar la puerta de acceso a la parte alta del estadio. Mientras damos vueltas por los amplios pasillos, las fugaces visiones del interior del estadio a través de los resquicios existentes entre las tribunas me hacen sentir cual viajero que divisara tierra prometida a la distancia, y la sobrecogedora panorámica al cruzar el túnel de acceso me obliga a detenerme unos instantes, boquiabierto: imágenes que he contemplado con anterioridad en muchas ocasiones pero que me impresionan como si fuera la primera vez.

La entrada indica que nos han asignado la fila G9, asientos 7 y 8. Intento dar con la mentada fila, pero pronto advierto que es imposible, y sobre todo, inútil: cada quien se sienta donde pueda. Encontramos un par de lugares junto al pasillo, sobre el tiro de esquina de la portería sur. La vista es perfecta, tanto de la cancha como del estadio. Las gradas no están llenas, pero poco a poco se van poblando. Vienen las alineaciones, los himnos, y el silbatazo inicial.

Lo más impresionante de estar sentado en un prácticamente lleno Estadio Azteca celebrando un gol es el escándalo. El grito, a una sola y atronadora voz, es algo que hay que vivir para comprenderlo. En esos segundos de éxtasis, es literalmente imposible oírse a uno mismo, así se grite con todas las fuerzas que se sea capaz de reunir; y tampoco es posible evitar el impulso de fundirse y hacerse uno con el resto de la afición: en ese momento, como en ningún otro, renunciamos a nuestra individualidad y formamos un ente único con vida propia: 100 mil pares de ojos, 100 mil gargantas, y un solo corazón. La única vez que había estado en el Azteca fue en la zona de Especial Bajo, en aquella ocasión casi vacía, por lo que la electrizante experiencia fue nueva para mí.

Los dos goles en sucesión dejan al público más que satisfecho y, aunque nadie lo expresara abiertamente, hacen pensar en la posibilidad de una goleada. El tanto estadounidense enmudece, sin embargo, por un par de eternos segundos a la multitud, que responde a la osadía con una silbatina capaz de desmoralizar al más recio. El resto del juego y las reiteradas llegadas de México que no culminan en el fondo de las redes borran pronto el recuerdo y la preocupación de la anotación estadounidense y dejan un buen sabor de boca. Una vez más, todo mundo piensa que se pudieron hacer más goles, pero nadie se queja: se ha vencido al odiado rival del norte de forma categórica, dos por uno. No importa nada más.

Buscamos salir entre los ríos de gente, avanzando a paso de tortuga. Diviso una bandera tricolor tirada en el suelo, la recojo, y sin pensarlo, la levanto en vilo con ambas manos, sintiéndome dueño de ella, y también del mundo. Un par de aficionados me preguntan si se las puedo entregar: más avergonzado con mi amigo por perder una bandera que con sus legítimos dueños, se las entrego. Olvido el incidente rápidamente mientras nos dirigimos a las salidas. Entre el bosque de cabezas asciende de pronto una pequeña banderita estadounidense. El escarnio general no se hace esperar: chiflidos, burlas, insultos; pido una mentada para los gringos, con poco éxito; un aficionado, más ducho, se pone a corear: "¡Osama! ¡Osama! ¡Osama", y es rápidamente secundado por todo aquel que alcanza a escuchar el estribillo. La banderita de barras y estrellas ha desaparecido ya hace tiempo, tratando de perderse entre la multitud.

Al ascender por el puente sobre la Calzada de Tlalpan, pasamos junto a una infinidad de puestecillos que ofrecen todo lo imaginable, desde estampitas para el automóvil hasta playeras numeradas, pasando por las en aquel entonces tan famosas pulseras amarillas, de imitación. Pero lo que más llama mi atención es una bufanda, tejida en colores verde, blanco y rojo. En un lado ostenta el logo de Alemania 2006, y en el centro, "MÉXICO" en grandes letras blancas. Sobre éstas se lee, en cursiva, Wir gehen nach Deutschland! (¡Nos vamos a Alemania!). Sonrío mientras pienso: ich gehe nach Deutschland, y aquí comienza mi camino rumbo al mundial!

Escuchando: Blur - Far Out (Beagle 2 Version)

martes, agosto 16, 2005

El Aztecazo

El día amenazaba lluvia. Todavía no terminaba de acostumbrarme al clima del Bajío, y lo que otrora sería un cálido, bochornoso y pegajoso día de verano bajo una lluvia matutina torrencial, era ahora un día fresco con ese ambiente perennemente seco, al menos para lo que yo acostumbraba. No es que fuera un cambio abrupto, puesto que había vivido un año en un clima aún más frío. No sólo eso me parecía ajeno. No había cumplido un mes en esta ciudad, y la nueva casa seguía siendo tan misteriosa y fascinante como el primer día que entré en ella.

En ese ambiente prístino y tan divergente se manifestarían prontamente aires de familiaridad. La lluvia de los días pasados había interrumpido momentáneamente el servicio eléctrico, molestia habitual para mí en estas épocas en donde quiera que haya residido jamás; y ese día jugaba la Selección: la perfecta síntesis del pasado y presente, novedad y hábito.

Los resultados pasados dentro de la eliminatoria rumbo al mundial Corea/Japón 2002 eran poco halagadores: una dolorosa y gélida derrota dos-cero contra los vecinos del Norte; un engañoso cuatro por cero contra los Reggae Boyz en el Azteca; y un insípido empate a uno contra los trinitarios en patio ajeno. Por sí mismos, estos marcadores no deberían ser tan preocupantes: total, podría ser peor. Pero ya Enrique El Ojitos Meza había dado muestras de su capacidad al frente del combinado tricolor, o más precisamente, de su falta de ella. La analogía del Titanic no le hacía justicia suficiente al Tri.

Aquel aciago 16 de Junio de 2001, el rival en turno era Costa Rica. México volvía a casa tras dos salidas de pesadilla. Parecía una oportunidad de enderezar el rumbo. Al menos ése era el sentimiento que permeaba en la mente de los aficionados y directivos más optimistas (léase: los pocos que no habían pedido todavía la cabeza de Meza), ya impacientes, intranquilos, ardidos (con sobrada razón) ante la secuencia inacabable de derrotas y humillaciones, en eliminatorias, Copa Confederaciones, amistosos y demás. Yo, el eterno optimista, el paladín ecuánime en tiempos de adversidad, creía todavía que el proyecto del Ojitos podía rescatarse; que México, había tocado fondo y el único camino era ahora hacia arriba.

La sensación de renovada esperanza se basaba fundamentalmente en la cuestión de la sede: el siempre imponente y majestuoso Estadio Azteca, Templo Mayor del futbol mexicano, símbolo del poderío y la supremacía de éste en la Confederación Norte, Centroamericana y del Caribe de Futbol. Los más formidables guerreros se habían doblegado uno a uno frente a la altura, la contaminación y el ambiente sin igual. Los tricolores habían salido airosos en todos y cada uno de sus compromisos oficiales jugados en el Coloso de Santa Úrsula. La sola existencia del enorme estadio siempre habían sido más que suficiente para aplastar el ánimo de cualquier extraño enemigo que osare pisar suelo patrio, y sin duda los alaridos de 105 mil aficionados calmarían los ánimos y ahuyentarían a los fantasmas de la eliminación. No importaba lo que pasara afuera, en el frío e inhóspito mundo exterior, éste siempre sería el último reducto del futbol mexicano, fortaleza inconquistable, y esa tarde no tendría por qué ser diferente. Los partidos cruciales eran los de visitante. La victoria se daba por sentado. El pesimista más acérrimo no puede jactarse de haber considerado la posibilidad de que México pudiera perder en el Estadio Azteca.

Armado con la casaca verde y esa fe inquebrantable, religiosamente sintonicé el juego, dispuesto para empezar exactamente a las 12:00 horas. El estadio a medio llenar daba muestra de la pérdida de confianza de los aficionados en la Selección, pero nunca se me ocurrió que la triste estampa fuera un heraldo maldito de desgracias por venir.

Debido al poco tiempo que llevaba viviendo en mi nuevo hogar, todavía no contaba con servicio de televisión de paga. No había terminado de ajustar la antena para recibir la mejor señal posible, cuando Abundis rompía el cero, a tiro de esquina de Víctor Ruiz. El júbilo no se hizo esperar, y un gran suspiro de alivio pareció recorrer el país entero. A escasos seis minutos de juego, los tres puntos se perfilaban en el horizonte. La unidad y el respaldo de los jugadores hacia el profesor Meza se hizo patente, en un forzado intento de mostrar que el barco aún podía llegar a buen puerto.

El resto del primer tiempo fue tan intrascendente que no guardo recuerdo alguno de él, salvo que fue un cúmulo de imprecisiones y la persistente incomodidad de que el uno por cero no bastaba y que un segundo tanto se iba volviendo gradualmente una necesidad inaplazable. La segunda mitad inició como terminó la primera: dominio pleno de los mexicanos, que no se veía coronado por el anhelado gol que sentenciara el juego.

Poco a poco, casi imperceptiblemente, el cuadro costarricense, dormido y a la defensiva durante casi todo el encuentro, empezó a adelantar filas, a hilvanar pases, a encarar a los verdes, aprovechando la falta de contundencia de éstos. El ingreso de Rolando Fonseca y William Sunsing revitalizó al cuadro tico. Serían ambos los que iniciarían la debacle de la Selección: falta sobre Sunsing en las afueras del área grande mexicana; una magistral ejecución de Fonseca, cuyo tiro describe una bonita curva sobre la barrera, imposible para Oswaldo Sánchez. Uno por uno, minuto 72.

Fue más que una cubetada de agua fría. El empate no era trágico, pero no le servía a nadie: a los jugadores, a directivos, y especialmente al Ojitos Meza. Pero lo peor era que otra vez estaba pasando. México no gustaba, no caminaba, no ganaba, como venía haciéndolo desde hacía tiempo. Y no sólo los espectadores lo sentíamos: los jugadores lo manifestaban. El inoperante y débilmente ordenado juego mexicano se descompuso rápidamente: la inseguridad, el miedo, se apoderaron de los seleccionados. Costa Rica vió claramente que si hubo alguna vez una oportunidad de matar al gigante justo en su castillo entre las nubes, el momento era ahora. Los embates costarricenses y el desorden reinante entre las filas mexicanas marcaron los últimos minutos del juego.

Lo que sucedió a continuación es, tanto por su propia naturaleza como por las circunstancias en que se dió, difícilmente descriptible, pero haré mi mejor esfuerzo: Hernán Medford, viejo conocido del futbol mexicano, entra de cambio a diez minutos del final en sustitución de Paulo Wanchope. Un disparo de media distancia aparentemente inofensivo de Fonseca encuentra a un Oswaldo desubicado quien no alcanza a rehacerse propiamente pero logra rechazar el disparo. El balón queda a la deriva. No se observa un solo defensa mexicano en los alrededores del área; desde que salió el cañonazo de los botines de Fonseca hasta que Oswaldo se lanzó hacia su derecha, descompuesto, ni uno solo. Calladamente, sagazmente, Medford entra como saeta hasta los confines del área chica, y con el impulso de tres millones de almas y de 60 años de historia, suelta un remate violento que se anida en las redes de un Oswaldo Sánchez incapaz de hacer más. De repente el Estadio Azteca parece morir y el corazón de millones de aficionados detenerse, al contemplar la imagen a un emocionado Medford que corre a celebrar con sus compañeros, igualmente eufóricos, sabedores de que estaban haciendo historia: México 1-2 Costa Rica, con cuatro minutos por jugar.

Los mexicanos reanudaron el juego y se lanzaron con todo al ataque. Heridos en su orgullo, pero también de muerte, embistieron y cargaron contra el área costarricense con todo, literalmente. No había pasado un minuto desde la reanudación del encuentro, y tampoco alcanzaba aún a comprender, a concebir, lo que estaba sucediendo ante mis ojos, cuando la imagen desapareció del televisor. Se había ido la luz. Esta vez reaccéono rápido y en un par de segundos inicié la busqueda frenética de un radio operado con baterías. La desesperación sólo era superada por la pesada bola de plomo que tenía en el estómago. En esos momentos de debilidad, es imposible no considerar aunque sea por un momento, que hay días en que todo el mundo conspira en tu contra, con la complacencia y complicidad del mismísimo Dios. En menos de un minuto logré hacerme de un aparato, y busqué estación por estación, deseando y añorando en mi interior que para cuando lograra dar con la tranmisión, México hubiera empatado ya.

No fue así, y si algo lograba transmitir la sensación que tenía y que probablemente se vivía en donde quiera que alguien estuviera presenciando el encuentro, eran los más desesperanzados que desesperados comentarios de los narradores, que relataban la igualmente desesperada lucha de los seleccionados mexicanos por evitar la humillación. Embate tras embate, balonazo tras balonazo, segundo tras segundo, se diluía la ilusión. El empate parecía parecía tan inevitable como imposible.

Silbatazo final. Silencio. Pesadez. Desilusión. El estupor fue roto únicamente por el unánime abucheo de los dioses del estadio. La lúgubre atmósfera que cubrió a todos y cada uno de los aficionados mexicanos pareció contrastar con los juglares televisivos que en su desánimo hacían eco involuntario de las atronadores voces de la historia que proclamaban: "¡Venid y contemplad! ¡El gigante ha caído vencido en su morada! ¡El rey ha muerto!". La leyenda inmemorial, de treinta y cinco años de antigüedad, había sido despedazada en veinte minutos. La mitológica invencibilidad se había terminado para siempre. Sí, podía ser peor; sí, se podía tocar fondo: México perdía en el Estadio Azteca.

Es probable que México no vuelva a perder jamás un partido en el Estadio Azteca, pero aún hoy me es imposible digerir esas palabras, y asimilar por completo lo que significó esa tarde, una de las más oscuras en la historia del futbol mexicano: el Aztecazo.

Escuchando: Blur - To The End

martes, julio 19, 2005

"Que sube, que baja, y no puede parar"

A Y E R . . .

"Se murió en la raya": Ovaciones
"México encanta": Esto
"Personalidad inquebrantable": Récord
"De cara al sol": La Afición
"Deja Tri buen sabor": Reforma


. . . H O Y

"Qué Feo": Récord
"No son de Oro": Esto
"Beben café amargo": Reforma
"Adiós gigante": El Sol de México
"Lo que nos faltaba": Diario Monitor


¿Alguien podría explicarme qué pasó? ¿Algún día se acabará este sube y baja, este vaivén infinito, esta curva ascendente y descendente, que caracteriza las actuaciones de la Selección Mexicana?

Escuchando: Guns N' Roses - Estranged

viernes, julio 15, 2005

El vagabundo de Bolton

El anuncio no pudo ser más sorpresivo. Distraído y medio dormido, sólo pude escuchar a medias el comentario: "Borgetti se va al Bolton". Alcé la vista hacia el televisor y parpadeé varias veces antes de alcanzar a comprender la magnitud de la declaración de José Ramón Fernández, dicha con tono casual, sin emoción evidente.

No fue hasta avanzada la tarde que la noticia de la transferencia superó el estátus de rumor, tan común y ya poco interesante para los aficionados mexicanos, y se confirmó oficialmente, que todo el peso de la nota deportiva de la semana se dejó sentir: Jared Borgetti se va al Bolton inglés.

La euforia no se hizo esperar: la buena nueva corrió como reguero de pólvora, repetida con álgido entusiasmo y feliz incredulidad por todos los pregoneros televisivos, radiales y cibernéticos, deportivos o no. Reseñas, notas, reportajes de color: no cesaron de alabar y felicitar al espigado delantero, que parecía disfrutar su renovada fama y brillante futuro, a pesar de la molestia que significa el tener que repetir por enésima vez la respuesta a una pregunta hecha igual número de veces. No es que los futbolistas no estén acostumbrados.

Mientras en este lado del charco la llegada del primer mexicano a la Liga Premier es como abrir las puertas del cielo, en la isla la contratación no ha merecido muchas líneas; es más, no ha merecido ninguna. Al momento de escribir esto, la noticia ni siquiera ha aparecido en el sitio oficial del Bolton, y tampoco en la BBC.

Como quiera que sea, personalmente, es algo que me alegra sobremanera. No hay liga extranjera que disfrute más que la Liga Premier: qué mejor pretexto que éste para fomentar mi irregular ritual de sábado por la mañana; al mismo tiempo, toda la experiencia que indudablemente puede ganar Borgetti (a pesar de ser ya un viejo lobo de mar) le caerá de perlas a la Selección de cara al Mundial.

"¡Vete, Borgetti, vete!"

Escuchando: Franka Potente - Believe

jueves, julio 14, 2005

La octava liga del mundo

Según la Federación Internacional de Historia y Estadísticas del Futbol (IFFHS, por sus siglas en inglés), la liga mexicana es la octava mejor del mundo, mientras que los primeros tres puestos son acaparados por las ligas italiana, inglesa y española respectivamente.

Se dice que esto se debe a la buena actuación de los equipos mexicanos en la Copa Libertadores, opinión al parecer compartida por la misma IFFHS. Pero más allá de la interminable polémica acerca del auténtico nivel del futbol mexicano y la veracidad de estas clasificaciones, hay una pregunta implícita que invariablemente queda sin reponder siempre que estas tablas son hechas públicas: ¿De dónde sacan que el campeonato mexicano es el octavo a nivel mundial? ¿Cómo le hacen para calcular eso?

Ni tardo ni perezoso, su humilde servidor se dió a la tarea de investigar cómo estaba ese rollo. La explicación oficial de estos cuates de la IFFHS es que:

La clasificación de las mejores ligas nacionales del mundo, está basado en una total objetividad. Es indiscutible que el nivel de cualquier liga se refleja en la cantidad y calidad de los equipos que representan al país en torneos internacionales. Analizando las ligas de países considerados como potencias del fútbol, encontramos que regularmente tienen entre 4 y 5 clubes activos en torneos continentales. Por ello, sumamos todos los puntos ganados en competencias oficiales por los cinco primeros clubes de cada liga y se asignan al país correspondiente. Creemos que esta clasificación solo tiene validez anualmente, puesto que los logros en torneos internacionales, solo pueden apreciarse después de una temporada de doce meses. Este sistema lo establecimos desde 1991 y hoy es reconocido como un medio preciso que refleja el nivel de cada campeonato de liga.

¿Satisfechos? Yo tampoco.

Escuchando: Chumbawamba - Creepy Crawling

domingo, julio 10, 2005

Londres y el mundial

La política de agresión indiscriminada de los países imperialistas en su búsqueda de nuevas fuentes de plusvalía no podía más que traer una retribución en forma de una nueva agresión indiscriminada. Pero al igual que en Madrid y en Irak, las víctimas de la violencia no son los auténticos culpables de la barbarie desatada por el imperialismo, sino los menos inocentes: el pueblo trabajador británico, los civiles londinenses.

Que la condena generalizada contra el terrorismo fanático se convierta en un repudio y lucha popular contra el imperialismo que, bajo la fachada de "guerra contra el terrorismo", crea las condiciones para el surgimiento de nuevos terroristas. Dentro de todo este conflicto entre ideologías, intereses e "ismos", el imperialismo es el auténtico enemigo de los pueblos del mundo.

A menos de un año del mundial ¿Qué repercusiones tienen los atentados en Londres para la organización de este evento?

Esta cuestión es algo que indudablemente preocupa sobremanera al gobierno alemán. Otto Schily, ministro del Interior de la República Federal de Alemania, declaró que a pesar de los esfuerzos de los servicios de seguridad, las células terroristas todavía son operativas y por lo tanto el peligro del terrorismo sigue latente, opinión compartida por el propio presidente del Bundesnachrichtendienst (Servicio Federal de Información), August Hanning.

Personalmente, me parece que realmente la posibilidad de un ataque terrorista durante la Copa del Mundo es muy baja. La lógica de que "cualquiera puede ser blanco de un ataque terrorista" es parte de la propaganda simplista que pinta a los terroristas islámicos como fanáticos sanguinarios, sádicos y descerebrados. Pero el terrorismo, por definición, posee objetivos, que si bien pueden no ser en demasía específicos, tienen motivaciones y objetivos concretos. Los ataques en Madrid y Londres fueron dirigidos contra la población de Estados que apoyaron la guerra en Irak.

Por otro lado, Grecia y Alemania se abstuvieron de apoyar la cruzada "antiterrorista". Los juegos de Atenas se desarrollaron sin novedad. El mundial de Alemania, casi con toda seguridad, vendrá y se irá sin nada que lamentar.

Sólo esperemos que las propuestas y eventuales acciones de algunos derechistas y reaccionarios, abundantes en la política alemana, no arruine la fiesta a los aficionados que asistirán el próximo año a la máxima justa futbolística.

Escuchando: AC/DC - Thunderstruck
Leyendo: Max Weber - La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo

martes, junio 21, 2005

¿Por qué?

La pregunta clave en la ciencia, y en muchos casos, la de todas las expresiones humanas. La búsqueda de justificaciones, el tratar de encontrar razones...

¿Por qué este blog? Sin más rodeos, simplemente quiero llevar un relato, un diario donde pueda dejar un testimonial de todo lo que tiene que hacer un ferviente aficionado al futbol para ir a una Copa del Mundo.

jueves, junio 09, 2005

365 días y contando...

Un año para el inicio de la Copa Mundial de la FIFA Alemania 2006.

Ein Jahr vor dem Auftakt der FIFA Fussball-Weltmeisterschaft Deutschland 2006.