Así inició el camino
Sábado 26 de Marzo de 2005. Sentado al pie de la estatua de la Virgen, me siento más seguro. Soy creyente: creo en que algún malandrín que ande por ahí no se atreverá a tocar mis cosas mientras me ubique bajo la imagen, so pena de ser condenado a visitar al lúgubre tirano de los infiernos. La típica paranoia provinciana se apodera una vez más de mí, a pesar de haber visitado la capital recientemente. Sé que es poco probable que suceda algo, y que la sensación desaparecerá pronto, pero también eso poco hace por acallar la desesperación que se apodera de mí. Mi anfitrión no llega sino hasta media hora y una infructousa llamada después. Mientras abandonamos la Central Norte, insisto en que nos hagamos de los boletos lo antes posible. El lleno me parece inevitable. Así, descendemos por las escaleras que conducen a la estación del Metro Taxqueña, camino al estadio.
La explanada del Estadio Azteca me parece tan majestuosa como la primera vez que la vi, y ni hablar de la propia estampa del magnífico coloso. Hay gente en las taquillas, pero confío en que habrá boletos disponibles. Mientras hacemos fila, los revendedores, cínicos como nunca había visto yo, ofrecen entradas de todas las categorías y precios imaginables. Ignoro su insistente pregón, mientras ellos, fotos del estadio en mano y toda la cosa, ofrecen descaradamente su mercancía entre las filas de las propias taquillas. Es imposible no pensar que todos están coludidos. Dos boletos Especial Alto: $400; viaje redondo al DF, con descuento: $162; México-Estados Unidos, eliminatoria rumbo a Alemania 2006, en el Azteca: realmente no tiene precio.
(La FIFA considera las eliminatorias parte de la Copa del Mundo. Oficialmente, los partidos clasificatorios forman parte de la competición preliminar de la misma. El Mundial en sí es la la competición final de la Copa Mundial. Fin de la aclaratoria y la cápsula cultural.)
Domingo 27. Llegamos cuarenta y cinco minutos antes del saque inicial, lo que prueba ser insuficiente: una larga marea verde cubre la antes semivacía explanada, y más allá. Las filas para ingresar son indistinguibles y están abarrotadas; tras unos veinte minutos, logramos pasar el difícil trance, sólo para tener que volver a formarse, y después, tener que superar el último escollo: encontrar la puerta de acceso a la parte alta del estadio. Mientras damos vueltas por los amplios pasillos, las fugaces visiones del interior del estadio a través de los resquicios existentes entre las tribunas me hacen sentir cual viajero que divisara tierra prometida a la distancia, y la sobrecogedora panorámica al cruzar el túnel de acceso me obliga a detenerme unos instantes, boquiabierto: imágenes que he contemplado con anterioridad en muchas ocasiones pero que me impresionan como si fuera la primera vez.
La entrada indica que nos han asignado la fila G9, asientos 7 y 8. Intento dar con la mentada fila, pero pronto advierto que es imposible, y sobre todo, inútil: cada quien se sienta donde pueda. Encontramos un par de lugares junto al pasillo, sobre el tiro de esquina de la portería sur. La vista es perfecta, tanto de la cancha como del estadio. Las gradas no están llenas, pero poco a poco se van poblando. Vienen las alineaciones, los himnos, y el silbatazo inicial.
Lo más impresionante de estar sentado en un prácticamente lleno Estadio Azteca celebrando un gol es el escándalo. El grito, a una sola y atronadora voz, es algo que hay que vivir para comprenderlo. En esos segundos de éxtasis, es literalmente imposible oírse a uno mismo, así se grite con todas las fuerzas que se sea capaz de reunir; y tampoco es posible evitar el impulso de fundirse y hacerse uno con el resto de la afición: en ese momento, como en ningún otro, renunciamos a nuestra individualidad y formamos un ente único con vida propia: 100 mil pares de ojos, 100 mil gargantas, y un solo corazón. La única vez que había estado en el Azteca fue en la zona de Especial Bajo, en aquella ocasión casi vacía, por lo que la electrizante experiencia fue nueva para mí.
Los dos goles en sucesión dejan al público más que satisfecho y, aunque nadie lo expresara abiertamente, hacen pensar en la posibilidad de una goleada. El tanto estadounidense enmudece, sin embargo, por un par de eternos segundos a la multitud, que responde a la osadía con una silbatina capaz de desmoralizar al más recio. El resto del juego y las reiteradas llegadas de México que no culminan en el fondo de las redes borran pronto el recuerdo y la preocupación de la anotación estadounidense y dejan un buen sabor de boca. Una vez más, todo mundo piensa que se pudieron hacer más goles, pero nadie se queja: se ha vencido al odiado rival del norte de forma categórica, dos por uno. No importa nada más.
Buscamos salir entre los ríos de gente, avanzando a paso de tortuga. Diviso una bandera tricolor tirada en el suelo, la recojo, y sin pensarlo, la levanto en vilo con ambas manos, sintiéndome dueño de ella, y también del mundo. Un par de aficionados me preguntan si se las puedo entregar: más avergonzado con mi amigo por perder una bandera que con sus legítimos dueños, se las entrego. Olvido el incidente rápidamente mientras nos dirigimos a las salidas. Entre el bosque de cabezas asciende de pronto una pequeña banderita estadounidense. El escarnio general no se hace esperar: chiflidos, burlas, insultos; pido una mentada para los gringos, con poco éxito; un aficionado, más ducho, se pone a corear: "¡Osama! ¡Osama! ¡Osama", y es rápidamente secundado por todo aquel que alcanza a escuchar el estribillo. La banderita de barras y estrellas ha desaparecido ya hace tiempo, tratando de perderse entre la multitud.
Al ascender por el puente sobre la Calzada de Tlalpan, pasamos junto a una infinidad de puestecillos que ofrecen todo lo imaginable, desde estampitas para el automóvil hasta playeras numeradas, pasando por las en aquel entonces tan famosas pulseras amarillas, de imitación. Pero lo que más llama mi atención es una bufanda, tejida en colores verde, blanco y rojo. En un lado ostenta el logo de Alemania 2006, y en el centro, "MÉXICO" en grandes letras blancas. Sobre éstas se lee, en cursiva, Wir gehen nach Deutschland! (¡Nos vamos a Alemania!). Sonrío mientras pienso: ich gehe nach Deutschland, y aquí comienza mi camino rumbo al mundial!
Blur - Far Out (Beagle 2 Version)

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